A voluntad

CAPÍTULO PRIMERO

22 de febrero de 1786

Miércoles de desdichas

1. ¡Vamos!

Alrededor de las dos de la madrugada, el silencio exigido salpicado por rezos aislados que surgen entre sueños, ronquidos fieros y roces de ásperas telas es lo que se puede escuchar en la zona abuhardillada del cuartel de mujeres, en el dormitorio femenino de Nuestra Señora de la Soledad. Otros sonidos, ronroneos y suspiros se ocultan a las inexistentes visitas y a los castos oídos. Al fondo, en el grupo de camas pegado a su pared septentrional, nueve mujeres están inquietas bajo las sábanas y los grandes trapos que las cubren. Parece que un viento rebelde se hubiera introducido en sus camastros y las agitara por dentro y por fuera, removiendo los ligeros tejidos incompetentes para aplacar el relente de la noche. 

Están acostadas cada una en su jergón y siguen disfrutando de la novedad. Desde sólo hace unos meses, han dejado de compartir lecho de dos en dos. La higiene y la decencia se han impuesto sobre el ahorro después de una dura lucha, sin ganadores a priori, en los despachos de los ecónomos. Descansan, o lo intentan, sobre camas estrechas, fabricadas con cuatro maderas. Una de las mujeres tiene un armazón más grande preparadoa con una tabla más y llega a la cantidad de cinco. Quizás sea por el voluminoso cuerpo de su ocupante o, tal vez, por su condición de ayudante de celadora que ejerce cuando la conviene o cuando la rectora se harta de soportar sus continuas insumisiones.

Unas velas de sebo, repartidas sin demasiado esmero, hacen el amago de iluminar la estancia y dejan por el camino el olor penetrante y desagradable de la glicerina quemada. Éste, a su vez, se suma y mezcla con el hedor emanado de las personas que están en el lugar y otros tufos de más innecesario reconocimiento, pero de pastosa y continua presencia. Esa luz mortecina nace, vegeta y muere sin conseguir, en su ciclo vital, alcanzar ninguna importancia como ocurre a las mujeres cuyos rostros acaricia fuera de lugar. Ni esa iluminación es suficiente para permitir la vigilancia ni es escasa para tapar el retozo de lalgunos cuerpos.

Cuando se llega hasta aquí, lo primero que se aprende es a adormecer los sentidos y, poco más tarde, los sentimientos, aunque nadie lo logra totalmente. Historias de desamparos, soledades, vergüenzas ajenas, honras perdidas; y retazos desdibujados de vidas enjauladas entre paredes de adobe y ladrillos. Todo ello conviven sin haber elegido la compañía o el techo destripado bajo el que se sobrevive. 

En la mayoría de las ocasiones, las razones de este enclaustramiento no se alejan demasiado de la pobreza que todo lo enrarece en estos extraños años, convirtiéndola en peligro para el resto de la sociedad considerada decente. Hay que prevenir antes que curar, decidieron las autoridades. Y, como consecuencia, los pobres, tanto hombres como mujeres, son previsibles portadores de daño en estos tiempos que corren, aún con la resaca de aquel motín que casi malogra la vida del odiado Esquilache. Ese italiano lo único que ha logrado es hacer hibernar a los necesitados, a la espera de un despertar enmarcado por desconocidas oportunidades de futuro. 

Al pecado de la indigencia se añaden delitos secundarios nombrados al azar por la policía de barrio, encargada de limpiar las calles de estos seguros creadores de maldades. Al mismo tiempo, las fuerzas del orden retiran la libertad a desdichados que lo único que buscan, entre la basura y la miseria, es subsistir en una época repleta de hoyos en el camino y palos sobre la espalda.

Un susurro nace de entre aquellas camas y, arrastrándose sobre el suelo de baldosas viejas y quebradas con una historia que ha visto pasar demasiadas desgracias, consigue llegar a sus destinos. 

Ha llegado el momento.

—¡Vamos, ahora! —Todas saben de dónde llega la orden seca y cortante que se ha desenmascarado con forma de sonido bronco. En ese momento, tres de las reclusas más jóvenes apartan la ropa de sus camas y se levantan casi al mismo tiempo, como si lo tuvieran ensayado. Están vestidas con los andrajos desgastados de las ropas con que entraron en la Casa de Corrección. Han abandonado sus uniformes de internas, confeccionados con lana parda, que las iguala a la nada y que han escondido debajo de los camastros. Todas ocultan sus recortados cabellos bajo cofias de colores neutros y sucios. Agachadas y calzadas, una detrás de otra, se acercan hasta la pared y comienzan a rasparla con fuerza, sin querer ni poder disimular el sonido ruido chirriante que rebota de la cal. Utilizan como herramientas las estacas de madera, meras astillas con forma de cuña, recogidas durante los paseos por el patio interior, en la zona donde se apila la leña. Primero, arañan con fuerza y desesperación la capa que grisea las paredes por su parte interior donde se cobijan los años de suciedad, polvo, mohos y demás inmundicias que ayudan a fortalecer el ambiente rancio y triste de estos espacios. En unos minutos, llegan hasta la argamasa responsable de dar una débil consistencia al muro y trata, a su manera, de unir los diferentes elementos que componen la pared. Luego, continúan un rato más.

 

©Rafael Luis Gómez Herrera. Todos los derechos reservados.

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