El parto
Del libro Relatos de juventud y otros que no lo son
El padre recorría los últimos metros hasta la terraza donde el médico y sus amigos jugaban a las cartas. Iba con prisas, pero sin demostrarlo a pesar de que se trataba de su primera criatura. Las cuatro de la tarde de un sábado de agosto de 1968, con sus cuarenta grados a la sombra, no eran impedimento físico alguno para llevar puestos sus pantalones de pana y su camisa de manga larga habituales, en una especie de moda estilo cebolla que valía para todo el año y que consistía en ponerse y quitarse prendas dependiendo del frío o del calor que hiciera en el momento; todo ello, además, bastante subjetivo y cambiante a lo largo del día y de la estación.
Nada más salir de la calle de la Era y adentrarse en la calle del Marqués de la Valdavia, ya pudo ver al grupo animado que formaba el doctor rodeado de contertulios y de buenos jugadores de tute, frecuentes del lugar y vecinos del barrio. Se sintió más a gusto, había acertado cuando salió de la casa y, en lugar, de tirar a la izquierda y buscarle en su consulta miró su reloj y razonó que era la hora de la partida, así que, lo más probable es que estuviera en el bar de la avenida de la Cañada, esquina a Jesús de San Antonio ya en territorio cosladeño de frontera.
Su larga zancada, acostumbrada a salvar varios surcos a la vez, le llevó a su presencia de manera casi inmediata, a la umbría de una parra estratégicamente colocada a la entrada de la taberna:
—Buenas tardes, don Matías y la compaña.
El médico lo miró de soslayo, mientras el resto de los presentes lo ignoró directamente. El galeno cambió la colilla de posición con sus propios labios y algo de lengua antes de preguntarle:
—¿Qué pasó, Tomasín? ¿Tenemos al bebé aquí?
El joven se situó frente a él, se puso en posición de firmes en claro recuerdo de que tenía aún muy reciente el servicio militar obligatorio y le respondió algo nervioso:
—Pues no es que yo entienda nada del tema, pero la Rosita y su madre me han dicho que le busque, así que no creo que tarde mucho en llegar.
El médico continuó con el juego durante unos minutos, chasqueaba los dedos metiendo prisa al compañero y a los enfrentados y, sabiéndose con las diez últimas, hasta que no terminó con la ronda no volvió a dirigirle la palabra.
—Pues nada, vamos a acercarnos a ver cómo va el asuntillo.
Se levantó con la parsimonia que su volumen otorgaba, recogió de una silla que tenía al lado un maletín negro, recortadito y regordete, más largo que alto y no muy ancho junto con su chaqueta y le dijo:
—Vamos, ve tú delante, que me lío con vuestras casas. No sé si la tuya es el número 20 o el 22.
—No vamos a la mía, don Matías, vamos a la de mis suegros, a la calle de la Era. Ya sabe, las manías de las parturientas y de mi suegra… Yo vivo en la calle de la Huerta Chica y, ahora, vamos al 23, a la casa de mis suegros.
—Vale, para otra vez ya lo sabré y me podrás decir que se me ha olvidado, porque se me va a olvidar...
El camino de ida lo hicieron en silencio porque no tenían nada en común, nada de qué hablar, a paso rápido. El médico debía rondar la cuarentena, tenía poco pelo, era alto y corpulento, se había establecido en el pueblo unos cinco años atrás procedente de una aldea gallega y, a base de igualas, de dedicarse a todo lo que significara atenuar dolores y sustos reconducibles, ya tenía el respeto y la consideración de los vecinos. El padre en ciernes se había casado hacía un año, recién llegado de la mili, con su novia de toda la vida, trabajaba de albañil, pero quería meterse en la fábrica de Pegaso que, le habían dicho, era un trabajo más llevadero, se ganaba más, trabajabas cinco días a la semana, tenías un mes de vacaciones y, si sabías moverte, hasta te podían entregar un piso camino de Madrid en condiciones económicas muy interesantes.
En un abrir y cerrar de ojos llegaron hasta la vivienda baja. Al levantar la cortina de tela gruesa y abrir la puerta, el médico tuvo que adaptar su vista a la oscuridad reinante que favorecía una temperatura realmente agradable gracias, también, a los anchos muros de ladrillo y adobe que mantenían indemne a la casa de las inclemencias meteorológicas. Se topó inmediatamente con la señora Teresa con los brazos en jarras, parecía estar esperándolo. El yerno cerró la puerta nada más traspasar el umbral, no fuera que entrara algún grado del calor exterior.
—Buenas tardes, don Matías. Como es habitual, Vd. es muy rápido, más que la Guardia Civil.
—¿Qué tal, señora Teresa? Vd. siempre tan exagerada, seguro que a más de uno le preocupa más la velocidad de los guardias que la mía… ¿Cómo van esas piernas?
—No quiera Vd. saberlo. Ya ve, arrastrándome de un sitio para otro. No sé de dónde saco las fuerzas. Si no fuera porque me obligo.
—Ya, ya… ¿Cómo está su hija?
—Pues, ya sabe Vd., don Matías, las primerizas son engañosas. Yo creo que ya está el pastel listo en el horno por las contracciones y porque ella dice que los dolores son grandes y cada vez más agudos, pero, ya sabe Vd., don Matías, ya no se aguanta lo que nosotras aguantábamos.
—Ya, ya… Vamos a verla.
El médico siguió a la dueña de la casa por un pasillo estrecho y oscuro hasta la segunda habitación a la derecha, la alcoba de los dueños de la casa. El futuro padre se metió, antes, por una sala donde había otros bultos que el médico no pudo identificar, aunque imaginó que se trataba de otros parientes y vecinos, todos del género masculino, seguramente. Al entrar en el dormitorio se tapó los ojos por el chorro de luz que entraba por una ventana, pudo comprobar que había dos camas y, sobre la de la izquierda, la hija se encontraba postrada respirando rápidamente entre ayes. A su alrededor, tres vecinas y una tía completaban el cuadro, dejando escaso margen para respirar.
—A ver, señoras, déjenme acercarme y que la nueva madre coja aire. Apártense un poquito, caramba, que el niño no va a saber a qué teta engancharse cuando nazca.
—¡Qué cosas tiene, don Matías! —respondió entre risitas una de las presentes, a la que el médico conocía porque hacía un par de semanas le había quitado una muela.
—Sí, tengo unas cosas que no me hacen ninguna gracia ni a mí. Déjenme sitio para comprobar cómo va el tema, hagan Vds. el favor.
Delante de todas ellas, sin encontrar excesivas molestias, se sentó en una silla de esparto y realizó el correspondiente análisis de la situación, sacando sus artilugios del maletín, mientras dedicaba algunas palabras amables a la parturienta para intentar tranquilizarla. Al fondo, un portazo indicaba la salida de alguno de los presentes de la casa.
—Por lo que intuyo, esto llevará su tiempo. ¿Habéis avisado a la matrona?
La señora Teresa repitió a gritos:
—¿Habéis avisado a la matrona?
—¡Acaba de ir Tomasín! —respondió del mismo modo alguien con voz de hombre desde la salita de la entrada, adaptando la intensidad de su chillido al de la pregunta y a la distancia.
—¡Hagan el favor de no escandalizar, que no estamos en el mercadillo! —solicitó don Matías con algo de su mal humor al confirmar que le habían cortado su partida antes de tiempo y que no quedaba más remedio que esperar allí, a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. No era cuestión de salir para tener que volver al poco tiempo y que, encima, los familiares se enfadaran con él o que apareciera, Dios no lo quisiera, cualquier problema y la cosa se fuera de madre, nunca mejor dicho.
Por primera vez, miró a los ojos de la doliente y, con una pequeña sonrisa, le dijo:
—No te preocupes, Rosita, todo va bien. Tan solo hay que esperar. Yo creo que lo mejor que podemos, digo, puedes hacer es descansar. —Volvió su mirada a la cama que estaba a su derecha, tan bien hecha, tan predispuesta y tomó una decisión—. Señoras, déjennos solos, estoy convencido de que un poco de tranquilidad vendrá bien al bebé y a la madre, como mínimo... —Lo último lo redondeó en voz bajita, únicamente para el cuello de su camisa.
—Pero, don Matías —interpeló la suegra—, no lo entiendo, si ya está todo en marcha y…
—¿No me he expresado bien? ¡Hacedme el favor de dejarnos solos! —Se levantó para imponer su altura ante aquel grupo de resabiadas que, entre murmullos de desaprobación, se giraron y comenzaron a salir por la puerta mirando hacia atrás a cada paso que daban.
—Pero ¿todo va bien? —siguió preocupada la señora Teresa.
—Que sí, tranquila, son los nuevos métodos. Ya sabe Vd. que la ciencia adelanta que es una barbaridad como decía la zarzuela.
—¡Para zarzuelas estoy yo! Pero, en fin, lo que Vd. diga, Vd. sabrá… Es el que manda y el responsable de este sarao.
Don Matías se percató de la última puntadita, prefirió no entrar al trapo, suspiró hacia afuera y se levantó para cerrar la puerta. Se dio la vuelta y dijo:
—Tú, tranquila, Rosita. Me voy a echar un poquito en esta otra cama para estar lo más despierto posible cuando llegue tu bebé. Es que este calor adormila a cualquiera. Si te duele mucho, mucho o notas algo extraño me pegas un grito, de esos que tú sabes dar.
Mientras que la mujer lo miraba con los ojos como platos, como no creyéndose lo que oía ni veía, pero con la tranquilidad que da la ignorancia al suponer que esto era normal, solo pudo asentir, mientras devolvía su mirada al techo. El doctor se estiró sobre la colcha, tapándose con la chaqueta que se había quitado para no arrugarla y, en dos minutos, ya estaba dormido.
A la hora, más o menos, llamaron muy suavemente al cristal que tenía la puerta de entrada a la habitación y que permitía ver al trasluz alguna sombra. Quien lo hacía golpeaba como con miedo de interrumpir alguna novedosa actividad médica de relajación que se escapaba a los conocimientos antiguos de las señoras del lugar. El médico no oyó nada. Volvieron a repiquetear con los nudillos más fuerte y Rosita no tuvo más remedio que intervenir:
—¡Don Matías, que llaman! —El médico continuaba con sus ligeros resuellos, en la gloria de una siesta honrosa, ganada a pulso, bienhechora. Rosita, viendo que esto no prosperaba, logró alcanzar el estetoscopio que había quedado en la mesilla de noche y se lo lanzó al doctor dándole directamente en su sobresaliente nariz. Gracias a eso, abrió los ojos y, con una tranquilidad pasmosa, se sentó en la cama.
—Don Matías, que llaman —repitió la parturienta, más bajito. Don Matías se volvió a poner la chaqueta con tranquilidad y aprobó la entrada.
—Pase.
En ese momento, la matrona hizo su aparición con un sonoro «¡buenas tardes!» que retumbó en el lugar. Tras ella, la señora Teresa iba haciendo el gesto de que venía bebida, subiendo la mano derecha y haciendo como que bebía de un porrón empinando el codo.
—¿Qué tal, don Matías? ¿Cómo está Vd.?
—No tan bien como Vd., Emilia. ¿Pero otra vez me viene así?
—¿Así cómo, don Matías? ¡Vengo alegre, contenta, feliz de vivir, de haber comido y bebido bien después de una estupenda sobremesa de un sábado entre amigos! ¡Y encantada de ayudar a que una nueva vida llegue a este mundo, tan lleno de momentos placenteros que hay que dar a conocer!
—¡Cómo se le desata la lengua…! La que lleva encima… —se oyó decir a alguna de las vecinas, aún fuera, en el pasillo.
—Yo vengo sola —contestó a ninguna pregunta la matrona.
—Bien acompañada viene de anís… —continuó otra de las presentes.
—¡Don Matías! —comenzó la suegra haciendo un mohín que identificaba, perfectamente, el inicio de un buen enfado mientras señalaba a la susodicha— ¿Qué va a hacer Vd. sobre este asunto?
El médico suspiró. Rosita, quien había decidido no opinar sobre el espectáculo que estaba viendo desde hacía un rato y guardaba para sí sus sufrimientos y sus comentarios, pidió a don Matías, con un gesto, que se le aproximara. Éste acercó su oído y Rosita le dijo algo en susurros que nadie pudo escuchar salvo él, mientras, mirando hacia los pies de la cama asintió al comprobar que tenía razón.
—Yo creo que tenemos para otro ratito —mintió el galeno, disimulando—. Anda, Emilia, túmbate en esa cama que tiene pinta de ser cómoda, vamos, digo yo. A ver si te despejas un poco…
—¿Despejarme? ¡Si estoy muy despejada —profirió junto con una carcajada estrepitosa—, aunque un pequeño duermevela no tiene que venir mal a nadie…!
Y, ni corta ni perezosa, sin preocuparse por el público, cayó en el lecho como si lo hubiera hecho desde cinco metros de altura e, inmediatamente, comenzó a roncar de manera ruidosa y evidente. El médico miró a los presentes, levantó las cejas y, con la sonrisa debida al dominio de la situación y a su profesionalidad, dijo a las señoras presentes:
—Ahora sí que es el momento, Rosita ha roto aguas. Por favor, traigan rápidamente sábanas limpias, toallas, agua caliente… Y quiero luz, mucha luz y espacio, mucho espacio. Ayúdenme a mover la cama para separarla un poco más de la pared, con la madre dentro si es posible, que el niño ya viene. Lo veo llegar en sus ojos. Todo va a salir bien, Rosita.