El charco

Del libro Alma Sanfernandina

—Sombríos cielos nos acechan, querido Retaco. No hay manera de escaparse de la turbia humedad que nos caerá encima en, aproximadamente, una hora, doce minutos y siete u ocho segundos. La hora la intuyo en mi rodilla, que lanza gritos silenciosos para que la haga caso. Los minutos se añaden desde mi cadera, tan sincera como siempre, la muy cabrona. Y, en cuanto a los segundos, voy a dejar que la artrosis de mi mano derecha se decida y elija de una vez el siete o el ocho. Tanta indefinición me produce hambre.

—Manolo —responde Aurelio el Retaco, el más joven de los tres ochentones que pasean con la tranquilidad habitual, sin levantar la cabeza para mirarle a los ojos y recordando la docena y media de churros que acaban de repartirse y ya pasaron, felizmente, a sus estómagos—, si tu cuerpo funcionara como un reloj no te dolería tanto como el mío. Y, por cierto, un día tenemos que escribir esas cosas que dices. A ver si, después, las leo y las entiendo. —En ese momento, atravesando las Cuatro Esquinas, se para y mira embelesado un charco donde, por un momento, cree ver reflejado el reloj con su campana, que estuvo colocado sobre lo que fue el antiguo ayuntamiento, lo que hoy es la biblioteca municipal. 

Como si se tratara de una diminuta pantalla de cine, también le pareció ver imágenes de pasadas fiestas, cuando la diversión estaba repartida por todo el pueblo, con las calles adornadas, los encierros que repartían peligros al azar, los grupos de amigos que se difuminaron a base de sepelios, los conciertos en el campo de fútbol, las gentes llegando a tropel desde toda la comarca…  Son unos segundos de felicidad inaudita que le pillan por sorpresa y le hacen frenar su paso. A su vera, Paco el Quieto aparece por detrás, mete sus enormes pies en el agua y ahí se planta. El espejismo huye de la realidad. Regresa a su memoria, donde está más a salvo, y desaparece como por arte de magia. 

Paco anda acompañado de su cojera y mantiene, desde su altura, el gesto de la afirmación continua, bamboleando la barbilla arriba y abajo. 

Así inició el paseo, cuando lo recogieron sus dos amigos en la puerta de su casa, y ahora lo arrastra adornado con una sonrisa por las calles mojadas del pueblo común, San Fernando de Henares, en época de fiestas torrenciales y tormentosas.

Ahora, parado sobre el charco espera órdenes, aunque no lo sepa. Manolo se acerca, lo agarra del brazo y le hace avanzar.

—Los feriantes deben estar contentos. —Vuelve a la carga Manolo el Colorao.

—Seguramente, no —responde tajante,Aurelio, fastidiado en su interior por volver a su realidad—, pero ya deberían saber a qué vienen. No hay fiestas del Santo que no vengan pringadas de tormentas. Y si no hay rayos que crucen el cielo, parece que no están suficientemente iluminadas. ¿A que siempre ha sido así, Paco?

Paco, sin perder el tiempo en hacer ya ningún esfuerzo por rebuscar en sus recuerdos, se limita a lo que lleva haciendo un buen rato, asentir, perdido en un laberinto cuya única salida superviviente es la presencia de dos amigos de toda una vida, escuderos desde siempre, y contesta con una palabra que vale para todo y, casi siempre, vale su peso en oro porque es pura sinceridad:

—Vale.

 

©Rafael Luis Gómez Herrera. Todos los derechos reservados.

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