El pico
Del libro Cuentos, por descontado
Todos los años, el anochecer del primer día del undécimo mes llega un momento temido hasta por los gusanos de este cementerio. Cuando la luz de la luna se va encendiendo, las sombras más tenebrosas se extienden con la lentitud aprendida y avanzan de tumba en tumba guiadas por las guías del infortunio. El recinto ha sido cerrado a cal y canto un par de horas antes de lo establecido para el resto de los días del año. Los lugareños ya están acostumbrados porque conocen las razones, a través de leyendas, y no quieren ser llamados como testigos ante el tribunal de la Vega.
A las pocas horas, ya en las postrimerías del atardecer, la cruz de la sepultura de Luis toca con su sombra la lápida de Carlos. En ese instante, los suelos que los envuelven se agitan desde su interior como si intentaran reventar hasta que, un poco más tarde, lo consiguen.
En las profundidades, dentro de sus ataúdes, las lombrices se despiertan sobresaltadas en la oscuridad del macabro hoyo e intentan, con todas sus fuerzas, sujetar los huesos de sus dueños. Saben que no lo lograrán, pero no pueden permitir que se muevan sin sudar porque llevan en sus entresijos las órdenes de sus ancestros.
Al poco tiempo, por los resquicios que quedan entre las losas y la superficie, las que fueron yemas de unos dedos ya sin carne, comienzan a asomar. Son la avanzadilla de unos cuerpos que se agarran a las hierbas, vivas gracias a esos abonos, tiran de ellas y salen al exterior. Y detrás de ellas, los restos desgarbados de dos cadáveres salen a la oscuridad un año más.
Esa noche, los suelos del camposanto se agitan y reverberan hasta que vomitan por un par de huecos y pro-siguen una inútil querella aún viva. Escupen al mundo los esqueletos de sus dueños con sus colgajos para bus-carse fuera y continuar, eternidad por delante, sus inútiles rencillas. Y allí, al aire fresco, reanudan su odio que no encuentra descanso lanzándose palas, ladrillos y piedras, trozos de losas y despojos humanos hasta los albores del próximo amanecer.
Dicen los más viejos del lugar que fue culpa de las matemáticas, que ninguno de los dos era mala persona, que ninguno de los dos tuvo la culpa y que ambos sabían sumar y leer, pero ninguno restar. Eso fue lo que los hun-dió en el rencor y en la sepultura, aquella fue la lacra que les impidió seguir respirando.
Luis era el hijo mayor de Hortensia, el único de los hermanos que se quedó en el pueblo después de la diáspora de los años del hambre, tras el cólera de 1865 que tanto mal hizo. También la madre emigró cuando se quedó viuda de aquel hombre de campo cabal y terco al que todos llamaban el Terruño, cuyo mote sobrevive enterrado entre los surcos. Segundos antes de dejar este mundo, hizo jurar a su hijo que no iba a perder ni una vara de la tierra de la que sería dueño tras su muerte, que él heredó de su padre y éste del suyo. Luis, en verdad, no asintió, pero esa promesa que se dejó en el aire fue convertida en un juramento gracias al tiempo que todo lo embrolla.
Carlos es el único yerno que le sobrevivió a don Paco aquel mismo año de peste. Este descendiente de rancios terratenientes, fue el último de un linaje que redujo sus límites año a año, tras continuos derroches y suaves deleites, hasta tan sólo quedar unos terrones resecos. Son los que el marido de su hija menor intentó exprimir para dar de comer a sus nietos. Eran los más alejados del río, los que compartían frontera con las tierras del Terruño. Su suegro, antes de morir, le dijo que sería incapaz de defender esos terrenos porque no eran suyos, sino de su hija y porque era muy poco hombre para ella y para tan recia tierra. Y Carlos, cuando nadie le miraba, escupió en la cara de su suegro aún vivo para que notara la humedad y, orgulloso, se comprometió a morir antes que perder ni una piedra de aquel terregal.
Los días de riego, los dos se colocaban cerca de su cacera para animar las aguas, que éstas se dirigieran com-pletas hasta sus compuertas y que ninguna gota se desperdiciara mojando el suelo enemigo. Vigilaban con ojos de ira para que ninguna semilla cambiara de bando impelida por el viento. Cada pocas semanas, medían y volvían a medir para comprobar que el otro no había movido ni una pulgada los límites de sus posesiones. Nunca se saludaban ni se miraban a los ojos porque, aunque no lo sabían, temían verse a sí mismos en las pupilas del vecino.
En la tarde del 1 de noviembre, dos años transcurridos desde la epidemia, un empleado de palacio se acercó hasta estas tierras y los encontró en ellas, a escasos pasos uno de otro, bregando Luis con su guadaña y Carlos apoyado en su azadón intentando retirarse el sudor salobre que le entraba por los ojos y le había cegado mo-mentáneamente.
—Vamos a coger un octavo de estadal de esta esquina y retranquear este pico, donde se unen vuestras parcelas. Hay que ensanchar el camino y que puedan pasar carros más grandes con holgura. Os afecta a ambos. Es muy poco terreno. El pico donde se unen vuestras tierras debe desaparecer. Poneos de acuerdo. Es fácil, la mitad de cada uno y ya está, pero vosotros veréis.
Luis y Carlos se acercaron hasta el lugar señalado. Luis caminaba con su guadaña sobre sus hombros; Carlos, medio ciego aún, buscaba el volumen de las palabras del visitante con cierto cuidado para no tropezar apoyándose en el mango de la azada. Ni Luis ni Carlos iban a dejar que un trozo de sus lindes se moviera ni una centésima parte de una vara. Sus almas así lo habían conjurado ante dos lechos de muerte, y eso se había convertido en palabra de ley.
—No —respondió Luis nada más llegar.
—Ya oíste a la tormenta —añadió Carlos sin abrir los ojos, restregándose los párpados.
—Me da igual vuestra opinión. Me manda el administrador sólo para que lo sepáis. El camino se empieza a trabajar la próxima semana. Espero que vuestras estacas se hayan movido para entonces. Tenéis que dar un dieciseisavo de estadal cada uno.
—No —repitió Luis.
—Ya oíste al viento —terminó Carlos con el escozor penetrando en sus córneas.
El empleado menor de la casa de la administración hizo como que no los oía porque ya se estaba alejando al trote sobre su caballo.
—Maldita sea mi estampa —se quejó con amargura Luis—. Seguro que esto es culpa de alguna acémila.
—¿A quién te refieres con lo de acémila? —inquirió Carlos, restregándose más fuerte los ojos y produciéndose un picor mayor que agrió todavía más su carácter y aumentó la ceguera.
—Acémila, burro, asno…
—Dona tú las dos milésimas si eres tan poco animal y tan hombre.
—Yo no dono ni regalo. ¡Hazlo tú si eres tan valiente!
—¡Se acabaron los mal nacidos! —Carlos levantó su azadón sin más intenciones que asustar y, sin ver por dónde andaba, tropezó y el hierro cayó justo sobre el cuello del otro, que se había acercado. Enseguida, comenzaron a brotar chorros de sangre.
—¡Maldito seas! —Es lo último que Luis dijo al mismo tiempo que levantó su guadaña y, de un único y certero golpe, arrancó medio gaznate a Carlos.
Cuando la noche estaba cayendo silenciosa, otros campesinos los encontraron en medio de una tierra parduzca. Había sido regada por sus sangres, unidas para siempre en ese pico que hacían sus terrenos y creando una mancha que medía, exactamente, un octavo de estadal. Ya estaban muertos cuando llegaron.
En caso de haberse fijado, si el hecho no hubiera sido tan turbio, hubiesen podido observar cómo ese líquido rojo derramado, al relente de la noche, se había mezclado con el polvo del terreno. El suero creado bajo la luz de la luna había vuelto a entrar en sus cuerpos con la lentitud de lo incomprensible.
Como venganza a esa inquina estéril, la tierra juró no dejarles descansar, obligarlos a levantarse de su tumba ese mismo día eternamente para, luego, hacerlos volver a enterrarse ellos mismos con sus propios huesos y sus blancos dientes.
Por eso, todos los primeros de noviembre, día de los Difuntos, los trabajadores del cementerio entran tem-blorosos a primera hora de la mañana, antes del horario de apertura, y se dedican a arreglar los destrozos causados durante la noche para que no quede ni una huella de lo que pudo haber sucedido y nunca ocurrió. No hay que alimentar las leyendas, pero tampoco hay que dejarlas morir.