Libro mojado

Del libro Cuentos, por descontado

Quisiera saber contar historias para escribir la nuestra, pero no sé. Me es imposible trasladar a la forma de las palabras los sentimientos derramados durante tantos años, desde que te conocí. 

Ya no recordarás cuando tiré por los suelos, empapados por la lluvia, tus libros según salías de aquella librería. Fue un encuentro casual, un sábado por la mañana, inspirado por los dioses nómadas que se mueven por las calles en busca de cuerpos para unirlos hasta la inmortalidad. A mí nunca se me olvidarán tus ojos llenos del odio efímero provocado por esta torpeza, la primera de muchas. Todavía no encuentro la explicación, pero fui capaz de pedirte mil disculpas y arrastrarte a un café cercano perseguido por las gotas continuas del que sería el momento más feliz de mi vida, mis primeros segundos a tu lado. Lo hice y fue mi primer acto de valentía, la única vez en la que me he sentido orgulloso de mí mismo. En esas docenas de pasos, tus quejas, tus andares y tus cabellos mojados se incrustaron en mi corazón.

Tú murmurabas enfadada gruesos vocablos, yo te seguía rojo de vergüenza y ansiedad intentando cubrirte inútilmente con mi pequeño paraguas. Y nos metimos en aquella cafetería para comprobar el resultado del desaguisado. Fui sincero y me disculpé los miles de veces que caben en un minuto; tú, en cambio, fuiste maleducada y no me escuchabas, como en tantas ocasiones en los años que siguieron. Luego, me callé y dejé que hablaras sin parar. Repetiste decenas de veces que necesitabas esos libros, que sin ellos nunca serías nada. Y gracias a ello, lo fuimos todo, pareja, padres, abuelos.

Comprobaste que sólo se había mojado un pequeño puñado de esquinas del volumen que había caído debajo. Te tranquilizaste y, por primera vez en lo que había parecido el paso ruidoso de una tormenta, sonreíste. Yo, al otro lado de la mesa, te escuchaba como si me hubieras dicho que tenía unos ojos bonitos. Sabía que eso era imposible porque mis gafas de miope me defendieron siempre de un piropo de esa calidad. Pero, cuando levantaste tu mirada y la clavaste en la turbación hecha hombre dejé de escucharte para siempre y, en su lugar, pasé a seguirte hasta esta noche.

Me ha vuelto a la memoria aquel encuentro porque la vida tiene formas dolorosas de hacerte recordar. Hace más de sesenta años que leo a tu lado todas las noches de todos los días. Hasta ésta. El ruido de tu libro al caer y arrastrar el vaso de agua de tu mesilla me ha hecho mirarte por última vez. 

Mientras te marchabas al lugar del que nunca te veré regresar, sé que la luz de tus ojos se apagaba fijados en mí, al igual que tu sonrisa. Y, como si fuera el punto final de la banda sonora de nuestra historia, confirmé, desde tu nuevo, terrible y eterno silencio, que me decías adiós. Me hubiera gustado escribir nuestra historia, pero no sé.
 

 

©Rafael Luis Gómez Herrera. Todos los derechos reservados.

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.